domingo, 22 de febrero de 2015

Tiempo de cuaresma y compromiso con la patria.

Mons. José M. Arancedo
Cuaresma es un tiempo de preparación para celebrar la Pascua. Ella tiene en Jesucristo su centro, su fuente y proyecto, pero necesita para hacerse vida en nosotros de un corazón abierto. No somos robots sino hombres libres.
Nada más lejos de la vida cristiana que una mentalidad mágica, donde el hombre se convierte en un ser pasivo. En la vida del cristiano se conjuga la acción de la gracia y su libertad. A lo largo de la Cuaresma se nos habla de oración y conversión, como actitudes que nos abren a Dios y comprometen nuestra inteligencia y voluntad. No se trata de pasividad ni voluntarismo, tampoco es Dios o el hombre, sino Dios actuando con su gracia en un hombre libre.

La conversión es un tema central en Cuaresma. Ello implica tener un ideal al cual orientar la vida y una disposición de cambio que nos permita modificar aquellas cosas que no se ajustan a ese ideal. La conversión busca relacionar nuestra vida con ese ideal, y no bajar el ideal para acomodarlo a nuestra vida. Ello requiere sinceridad y humildad para reconocer nuestros errores. No cabe en un camino de conversión justificaciones o dobles estándares de vida, tenemos que hablar de coherencia. No está mal reconocernos pecadores y arrepentirnos, está mal acostumbrarnos a convivir con el mal y a justificarnos o compararnos con otros, donde siempre aparecemos no tan malos.

Si bien la conversión es algo personal, ella tiene una dimensión social que me permite hablar de la conversión referida a la vida de la Patria. Creo que necesitamos como argentinos de un tiempo de Cuaresma que nos ayude a encontrarnos, reconocer errores, ser humildes y superar la dialéctica de enfrentamientos que aíslan y no nos integran. Tampoco quedarnos en la fácil crítica de un espectador que no se siente parte de una realidad que le pertenece y lo necesita. Nos hemos acostumbrado a vivir en una cultura en la que se va perdiendo el sentido de la sanción moral, frente a actitudes que contradicen el mundo de los valores que afirmamos. Una cultura que privilegia el “éxito” a cualquier precio, y pierde sensibilidad ética frente a la deshonestidad y la corrupción. Todo ello compromete el valor de la ejemplaridad y su significado docente en la vida de la comunidad. Es bueno recordar que la Patria es un don que hemos recibido, la República una tarea que siempre debemos construir y cuidar. Siempre tengo presente la actitud de Jesucristo que amó y lloró por su Patria, Jerusalén (cfr. Lc. 19, 41). Esto tiene un profundo sentido religioso y patrio.

Hay un tema sobre el que los argentinos nos deberíamos examinar, y es preguntarnos: ¿qué valor tiene la palabra para nosotros?, pienso que la hemos devaluado. La palabra ha dejado de ser algo sólido relacionado con la verdad sobre la que necesitamos apoyarnos; parecería, por momentos, que no creemos en ella. A la palabra la nutre la verdad y la daña la mentira. Esto que puede parecernos pequeño, o que pertenece al ámbito de la catequesis, tiene consecuencias graves en la vida social y política, porque compromete la credibilidad que es un valor esencial en la vida de la sociedad. El poder, la autoridad y la misma ley se debilitan. La devaluación de la palabra es signo de una enfermedad social y cultural. Cuando dejamos de creernos no es posible dialogar ni confiar en el otro, no es posible crecer como sociedad libre y madura.

Cuando la ética deja de ser el marco que regula la actividad humana, los valores dejan de ser vinculantes socialmente. El “exitoso”, a cualquier precio, ocupa un lugar indebido en la sociedad. Los argentinos, con todo, no hemos perdido la esperanza en un mundo donde los principios de la verdad y la vida, la justicia y la paz, el amor y la solidaridad sean una realidad deseada y posible. Frente a este mundo que nos entusiasma veo, con dolor, que la confianza se ha debilitado entre nosotros. Esto es grave. Diría que la esperanza al tener al residir en esa dimensión espiritual del hombre abierto al mundo de la fe y de los valores siempre permanece viva; la confianza, en cambio, necesita apoyarse en el testimonio del otro, en mí, en nosotros. ¡Qué bueno ser confiable para mi hermano! Cuaresma es un tiempo oportuno de reflexión y conversión para recuperar el valor de la palabra y recomponer los lazos de confianza.

Quiero concluir esta reflexión y en el marco de un año electoral, recordando una de las metas que propuso el Episcopado en el Camino hacia el Bicentenario en Justicia y Solidaridad. El tema se refiere a: “Fortalecer las instituciones republicanas, el Estado y las organizaciones de la sociedad. Aunque a veces lo perdamos de vista, decíamos, la calidad de vida de las personas está fuertemente vinculada a la salud de las instituciones de la Constitución, cuyo deficiente funcionamiento produce un alto costo social. Resulta imprescindible asegurar la independencia del poder judicial respecto del poder político y la plena vigencia de la división de los poderes republicanos en el seno de la democracia. La calidad institucional es el camino más seguro para lograr la inclusión social. Asimismo, debemos fortalecer a las organizaciones de la sociedad” (35). Este camino político de ciudadano responsable nos compromete a todos.

Queridos hermanos, que este tiempo de Cuaresma sea un momento de examen de conciencia y de encuentro entre argentinos para asumir, desde nuestras legítimas opciones, pero siempre con un fuerte sentido de pertenencia, de respeto y solidaridad, las tareas que hoy nos reclama el bien común de la Patria. Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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