Por Michael Cook.
El Cardenal George Pell, anteriormente el hombre mano
derecha del Papa para las finanzas del Vaticano y la cara de la Iglesia
católica en Australia, fue declarado culpable de abusar de dos chicos
del coro cuando era Arzobispo de Melbourne [Australia] en los años
noventa. Es casi seguro que cumplirá condena en la cárcel.
Pell ha negado vehementemente las acusaciones. Sus abogados dicen que va a apelar el veredicto.
Este es un golpe terrible al prestigio de la Iglesia Católica en todo el mundo. Ataca a la autoridad del Papa Francisco, para quien Pell fue un asesor cercano y Prefecto de la Secretaría de Economía de la Santa Sede. Está destinado a erosionar la confianza del común de los católicos en la santidad de su fe y en la integridad de sus pastores.
Pero hay buenas razones para dudar del veredicto. Es cierto, que se observaron las formas del debido proceso. Pero esta vez no hicieron justicia.
Primero, ¿son creíbles las acusaciones?
Se alega que el Arzobispo de Melbourne abusó de dos niños dentro de la sacristía de la catedral en la segunda mitad de diciembre de 1996. Después de una misa solemne de domingo, Pell sorprendió a dos niños de 13 años que habían estado bebiendo un poco del vino de consagrar y los asaltó sexualmente de la manera más brutal.
El caso de la fiscalía se basa en el testimonio de solo uno de los niños, ahora de 35 años de edad. El otro murió en 2014 debido a una sobredosis de heroína. Anteriormente había negado ser abusado por un sacerdote. Ninguno de los dos mencionó nada sobre el incidente en ese momento. El demandante también acusó a Pell de abusar de él en otra ocasión.
Pell ha sido acusado de muchas cosas, pero nunca de estupidez. Participó de manera activa en la creación de una respuesta a la crisis de abuso sexual en 1996, a pesar de las críticas de algunos obispos australianos de que debía esperar – precisamente porque pensaba que el tema era tan importante. También estaba siendo blanco de los manifestantes homosexuales en esa época. Esto desafía la creencia de que un hombre tan auto controlado como Pell sería tan impetuoso como para hacer su trabajo sucio donde podría ser descubierto tan fácilmente. Como su abogado le dijo a la corte.
“Sólo un loco intentaría violar a dos niños en la sacristía de los sacerdotes inmediatamente después de la misa solemne del domingo”.
Tampoco el abuso así tan vil es consistente con el carácter de Pell. Es más fácil creer que este hombre alto, corpulento y franco golpeó a un sacerdote indisciplinado, que el hecho de que fue tan astuto y sacrílego como para abusar de los niños dentro de una iglesia.
Téngase en cuenta que esta fue la segunda vez que Pell fue juzgado por el mismo delito. El primer juicio terminó con un jurado en desacuerdo que, según informes, se dividió 10 a 2 a favor de absolverlo. Todo es posible, incluido el presunto delito de Pell, pero el jurado anterior no estuvo convencido de su culpabilidad.
Segundo, ¿Fue justo el juicio de Pell?
El perfil de Pell en Australia probablemente no se vea igualado por ningún otro clérigo, de cualquier fe, que no sea el mismo Papa. Además de servir en el Vaticano, y como Arzobispo de Melbourne y Arzobispo de Sydney, las dos ciudades más grandes de Australia, fue un prolífico columnista de periódicos, un invitado frecuente en la radio y la televisión, un delegado a la Convención Constitucional de Australia, en la que participó como un ardiente republicano (es decir, no un monarquista); un escéptico del cambio climático, y un firme defensor de los valores cristianos tradicionales.
Dentro de la Iglesia respaldó sin tregua al Papa y la ortodoxia. Esto le hizo muchos enemigos entre los católicos progresistas. Al mismo tiempo, era un gerente impresionantemente efectivo y previsor que pisó muchos callos.
En resumen, es uno de los australianos más controvertidos de su generación. Todos, pero todos, tienen una opinión sobre George Pell. Ponerlo a juicio en Melbourne, Pell-fobia Central, es como llevar a Hillary Clinton a juicio en Texas, donde tres cuartas partes de la población estarían aullando por encerrarla.
Por razones que no pueden comprenderse, la policía victoriana ha perseguido a Pell con un vigor extraordinario, y vergonzoso. En 2013, crearon un grupo de trabajo para buscar quejas contra Pell, antes de que hubieran recibido una sola. Nadie se presentó durante un año entero. En 2016, un grupo de trabajo sobre abuso sexual entrevistó a Pell en Roma. La fuerza policial se filtró como colador.
La policía victoriana ha estado plagada de escándalos de corrupción. Lo más reciente, se reveló que habían convencido a un abogado criminal para que informara sobre sus clientes y, como resultado, las condenas de cientos de delincuentes podían ser revocadas. El Tribunal Superior de Australia dijo en diciembre que “la policía de Victoria era culpable de conducta reprensible… al sancionar las atroces violaciones del deber que juró todo oficial de policía, de cumplir con todos los deberes que se les imponían fielmente y de acuerdo con la ley, sin favor ni afecto, malicia o mala voluntad”.
Esto no quiere decir que todos ellos sean corruptos. Pero se requiere de mayor fe para creer en la incorruptibilidad de la policía victoriana.
Además de todo esto, a principios del año pasado, un enemigo implacable de Pell, la periodista Louise Milligan, publicó con el título “Cardenal: La Subida y Caída de George Pell”. Ampliamente leída y publicitada, fue la fuente de algunas de las acusaciones en su juicio.
Así, durante dos años, al menos, el aire de Melbourne ha estado lleno de comentarios maliciosos y venenosos sobre Pell y la Iglesia Católica. Hacer un jurado imparcial debe haber sido como encontrar doce hombres buenos y sinceros que no hubieran respirado durante los últimos dos años. Al final, el caso puso la palabra del quejoso en contra de la palabra del cardenal. Dado el ambiente hostil de Melbourne, es fácil ver por qué el jurado encontró al primero más creíble.
El sistema legal debe respetarse. Si Su Eminencia el Cardenal George Pell ha cometido delitos, especialmente abuso sexual, no merece menos que cualquier otro criminal. Pero hay razones más que suficientes para creer que no ha recibido un juicio justo y que tiene una conciencia irreprochable ante su Dios.
Los juicios mediáticos por crímenes absurdos solían ser de la mayoría de figuras religiosas bajo el comunismo, como el del húngaro József Mindszenty y el cardenal croata Aloysius Stepinac, ambos en vías de ser declarados santos. El juicio de Pell muestra lo fácil que es tener éxito en una era de secularismo agresivo. El fallecido cardenal Francis George, de Chicago, dijo una vez:
“Espero morir en la cama, mi sucesor morirá en la cárcel y su sucesor morirá como mártir en la plaza pública”.
Su predicción parece que se está haciendo realidad en el otro lado del mundo.
El Vaticano no debería asustarse por el veredicto. Habrá llamadas para que lo despojen de sus honores, incluso para que lo reduzcan al estado laical. Debería dejarlos de lado, ignorar las mofas y las burlas, y esperar el resultado de las apelaciones hechas por el equipo de abogados de Pell.
Hasta que se demuestre su culpabilidad más allá de toda duda razonable después de una apelación, el cardenal Pell debe ser considerado un hombre inocente.
Michael Cook es editor de MercatorNet.
MercatorNet. 28 de febrero de 2019.
[Traducción de Dominus Est. Artículo original]
*permitida su reproducción mencionando a dominusestblog.wordpress.com



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