Queridos hermanos: Nos hemos reunido en la Iglesia Catedral para celebrar un acontecimiento de esa Historia que Dios va escribiendo en nosotros, y que hace a la vida de la Iglesia en su misión de servicio y evangelización.
Vamos a participar de la ordenación diaconal, en su camino al sacerdocio, de cuatro hermanos nuestros. Esto nos llena de alegría y es motivo de acción de gracias a Dios, que nos sigue mostrando su amor providente y que hoy se hace presencia sacramental en la vida de la Iglesia. Venimos a celebrar nuestra fe en Jesucristo fuente de todo ministerio.
Es un día de agradecimiento también a las familias de Andrés, Nicolás, César y Federico, que han sido parte de este camino de Dios, como a sus parroquias y comunidades apostólicas que los han visto crecer y han dado testimonio de ellos. Quiero expresar, finalmente, mi gratitud a nuestro Seminario Metropolitano que, en la persona de sus superiores y profesores, han cumplido con entrega y dedicación personal esta necesaria y delicada mediación eclesial en la formación de sus pastores: “bajo el maternal amparo de la Virgen María en su título de Guadalupe”, como acostumbraba a llamarla nuestro primer obispo Mons. Boneo”, al referirse a su patronazgo del Seminario.
Mi mirada se dirige hoy a Jesucristo, no solo como: “iniciador y consumador de nuestra fe” (Heb. 12, 2), sino como fuente y modelo de todo ministerio en la Iglesia. El ministerio diaconal nos habla de Cristo Servidor, que es un rasgo esencial para comprender su presencia mesiánica y salvífica, nos hace bien, por ello, recordar toda la riqueza profética de los cánticos de Isaías, que en Cristo se hizo vida y cumplimiento: “Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma” (Is. 42, 1). Siéntase elegidos, amados y sostenidos, por quien los ha llamado, los hace suyos, los sostiene y los envía. Nuestra confianza es el Señor que es fiel, hagan suyas las palabras de Pablo a Timoteo: “porque sé en quien he puesto mí confianza, y estoy convencido de que él es capaz de conservar hasta aquel Día el bien que me ha encomendado” (2 Tim. 1, 12).
Son muchos los textos en los que Jesús se nos presenta como servidor, ustedes han elegido la figura del Samaritano en la que Jesús se nos revela servidor y nos orienta a vivir esta dimensión de su ministerio: “Pero un Samaritano, dice el texto,…. al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Luego Jesús, señalándonos el camino a seguir, nos dice: ve y haz tu lo mismo” (Lc. 10, 33-37). Solo ve el que está atento, el que camina con esa disponibilidad que le permite ver y descubrir las necesidades del otro. El servicio en el evangelio es algo más que una asistencia formal, es un acto de amor, de encuentro como respuesta a una realidad que nos interroga y nos lleva a sentirla como propia. El servicio visto desde Jesús es una mirada que ve la realidad y la asume, es más, la ilumina, la eleva y la salva; tiene mucho que ver con ese “conmoverse” que se opone a la indiferencia que nos insensibiliza frente a las necesidades del otro. El ver de Jesucristo es el comienzo de un proceso que lo lleva a asumir lo que ha visto.
Queridos acólitos, el secreto de su realización y alegría en la vida sacerdotal, horizonte vocacional al que ustedes están en camino tiene mucho que ver con la gratuidad con la que vivan el servicio en su ministerio. Gratuidad es dar sin esperar recompensa, superar la lógica del doy para que me des, es dar el primer paso hacia quien lo necesita, es quebrar ese círculo de relaciones basadas en la búsqueda del sólo provecho personal que termina aislándonos para abrirnos, en cambio, a esa dimensión nueva donde el otro es mi hermano, una persona que con su presencia, muchas veces silenciosa, da sentido pleno a nuestra vida. El evangelio es gratuidad.
El buen Samaritano dando su tiempo, su dinero y cuidado al que lo necesitaba, nos da un testimonio claro de gratuidad, de quien no espera recompensa, que solo busca el bien del otro. Parte de la realidad, no la crea ni la elige, se le presenta y la asume. Sabe escuchar esa voz que viene fuera de él y que le dirige una palabra y lo compromete. Nos dice el texto que el samaritano vio y se conmovió, es un ver el dolor con los ojos de Jesús. En el evangelio el conmoverse, el compadecerse, no es solo conocer la realidad sino identificarse con ella y sentirse llamado a una respuesta. Si bien estamos en el plano de la gracia, en lo humano esta dimensión del evangelio supone disponibilidad y capacidad de relacionarnos.
Queridos Andrés, Nicolás, César y Federico solo me queda decirles en plural las palabras del Señor que han elegido como lema de su diaconado: “vayan y procedan ustedes de la misma manera” (cfr. Lc. 1, 37). Dar testimonio de la imagen de Cristo Servidor será la mayor garantía en su preparación a ser un día imagen de Cristo el Buen Pastor. Vivo con mucha confianza y esperanza esta celebración en la vida de nuestra Iglesia, y me uno a la alegría del Seminario, de sus familias y comunidades que hoy los acompañan. Que María Santísima, Nuestra Madre de Guadalupe, los acompañe y los cuide. Amén.
Mons. José María Arancedo.
Es un día de agradecimiento también a las familias de Andrés, Nicolás, César y Federico, que han sido parte de este camino de Dios, como a sus parroquias y comunidades apostólicas que los han visto crecer y han dado testimonio de ellos. Quiero expresar, finalmente, mi gratitud a nuestro Seminario Metropolitano que, en la persona de sus superiores y profesores, han cumplido con entrega y dedicación personal esta necesaria y delicada mediación eclesial en la formación de sus pastores: “bajo el maternal amparo de la Virgen María en su título de Guadalupe”, como acostumbraba a llamarla nuestro primer obispo Mons. Boneo”, al referirse a su patronazgo del Seminario.
Mi mirada se dirige hoy a Jesucristo, no solo como: “iniciador y consumador de nuestra fe” (Heb. 12, 2), sino como fuente y modelo de todo ministerio en la Iglesia. El ministerio diaconal nos habla de Cristo Servidor, que es un rasgo esencial para comprender su presencia mesiánica y salvífica, nos hace bien, por ello, recordar toda la riqueza profética de los cánticos de Isaías, que en Cristo se hizo vida y cumplimiento: “Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma” (Is. 42, 1). Siéntase elegidos, amados y sostenidos, por quien los ha llamado, los hace suyos, los sostiene y los envía. Nuestra confianza es el Señor que es fiel, hagan suyas las palabras de Pablo a Timoteo: “porque sé en quien he puesto mí confianza, y estoy convencido de que él es capaz de conservar hasta aquel Día el bien que me ha encomendado” (2 Tim. 1, 12).
Son muchos los textos en los que Jesús se nos presenta como servidor, ustedes han elegido la figura del Samaritano en la que Jesús se nos revela servidor y nos orienta a vivir esta dimensión de su ministerio: “Pero un Samaritano, dice el texto,…. al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Luego Jesús, señalándonos el camino a seguir, nos dice: ve y haz tu lo mismo” (Lc. 10, 33-37). Solo ve el que está atento, el que camina con esa disponibilidad que le permite ver y descubrir las necesidades del otro. El servicio en el evangelio es algo más que una asistencia formal, es un acto de amor, de encuentro como respuesta a una realidad que nos interroga y nos lleva a sentirla como propia. El servicio visto desde Jesús es una mirada que ve la realidad y la asume, es más, la ilumina, la eleva y la salva; tiene mucho que ver con ese “conmoverse” que se opone a la indiferencia que nos insensibiliza frente a las necesidades del otro. El ver de Jesucristo es el comienzo de un proceso que lo lleva a asumir lo que ha visto.
Queridos acólitos, el secreto de su realización y alegría en la vida sacerdotal, horizonte vocacional al que ustedes están en camino tiene mucho que ver con la gratuidad con la que vivan el servicio en su ministerio. Gratuidad es dar sin esperar recompensa, superar la lógica del doy para que me des, es dar el primer paso hacia quien lo necesita, es quebrar ese círculo de relaciones basadas en la búsqueda del sólo provecho personal que termina aislándonos para abrirnos, en cambio, a esa dimensión nueva donde el otro es mi hermano, una persona que con su presencia, muchas veces silenciosa, da sentido pleno a nuestra vida. El evangelio es gratuidad.
El buen Samaritano dando su tiempo, su dinero y cuidado al que lo necesitaba, nos da un testimonio claro de gratuidad, de quien no espera recompensa, que solo busca el bien del otro. Parte de la realidad, no la crea ni la elige, se le presenta y la asume. Sabe escuchar esa voz que viene fuera de él y que le dirige una palabra y lo compromete. Nos dice el texto que el samaritano vio y se conmovió, es un ver el dolor con los ojos de Jesús. En el evangelio el conmoverse, el compadecerse, no es solo conocer la realidad sino identificarse con ella y sentirse llamado a una respuesta. Si bien estamos en el plano de la gracia, en lo humano esta dimensión del evangelio supone disponibilidad y capacidad de relacionarnos.
Queridos Andrés, Nicolás, César y Federico solo me queda decirles en plural las palabras del Señor que han elegido como lema de su diaconado: “vayan y procedan ustedes de la misma manera” (cfr. Lc. 1, 37). Dar testimonio de la imagen de Cristo Servidor será la mayor garantía en su preparación a ser un día imagen de Cristo el Buen Pastor. Vivo con mucha confianza y esperanza esta celebración en la vida de nuestra Iglesia, y me uno a la alegría del Seminario, de sus familias y comunidades que hoy los acompañan. Que María Santísima, Nuestra Madre de Guadalupe, los acompañe y los cuide. Amén.
Mons. José María Arancedo.
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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