Mons. José M. Arancedo.
El Evangelio que proclamamos este domingo nos ayuda a comprender la importancia de la obra del hombre en el camino de Dios. “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos” (Lc. 3, 4).
Dios llega a nosotros asumiendo nuestra historia y nuestra realidad, esto mismo nos pide él para llegar a través de nosotros a todos los hombres. Esta verdad, que nos muestra el modo de obrar de Dios, se convierte en modelo de nuestro actuar. Dios se hace hombre para que el hombre encuentre su camino de vida en el mundo. Deberíamos preguntarnos en Adviento qué significa en mi vida personal y en mis relaciones, preparar el camino del Señor.
Puede ser útil en lo personal detenernos a meditar las bienaventuranzas, y hacerlo con el deseo de crecer en nuestra vida. Es fácil conocer, incluso predicar las bienaventuranzas, pero no siempre hacerlas el principio que oriente nuestra vida. Adviento es un tiempo oportuno para mirarnos en este camino que nos marca el Señor. Me limito a recordar algunas sin hacer ningún comentario, que sea la voz del Espíritu del Señor la que oriente nuestra reflexión y nos anime a tomar decisiones de cambio en nuestra vida. “Bienaventurados lo que tienen alma de pobres, porque a ellos pertenece el Reino de los Cielos. Bienaventurados los afligidos, porque serán consolados…. Los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados…. Los misericordiosos, porque obtendrán misericordia…. Los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios… Los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios… (Mt. 5, 3- 12).
Preparar el camino del Señor implica ver, decíamos, también nuestras relaciones. Estamos llamados a ser para nuestros hermanos testigos que allanen su encuentro con Dios; en un sentido podríamos decir que él necesita de nosotros para llegar a mi hermano. ¡Cuánta dignidad tiene el hombre en el proyecto de Dios! Es necesario en este “preparar el camino del Señor” pensar en nuestras relaciones sin dejar a nadie afuera. Ciertamente debemos empezar por nuestras familias y relaciones más cercanas, pienso en el barrio, los amigos, la parroquia, el trabajo, pero también en aquellas otras personas, tal vez ocasionales en nuestra vida, pero que no lo son para Dios. Sentirnos protagonistas de este proyecto de Dios que hemos conocido en Jesucristo, es dar a nuestras vidas madurez cristiana, es decir, es ser “discípulos y misioneros” del Señor. Este camino espiritual y apostólico debe estar presente en nuestro Adviento.
Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

No hay comentarios:
Publicar un comentario