por Mons. José M. Arancedo.
El 8 de Diciembre, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, el papa Francisco inauguró el Año Santo de la Misericordia en la Basílica de San Pedro. Este domingo en todas las iglesias Catedrales del mundo lo iniciaremos abriendo la Puerta Santa de la Misericordia.
Vamos a iniciar un tiempo de gracia, de renovación y de santidad en la vida de la iglesia y en cada cristiano. Es una invitación, también, a todo hombre y mujer de buena voluntad a vivir este tiempo como un llamado a mirar sus vidas y relaciones en clave de amor y de servicio a sus hermanos. La misericordia no es lástima, es una expresión mayor del amor que se hace cercanía ante el dolor y necesidad del otro. El rostro de este amor misericordioso de Dios lo hemos conocido en Jesucristo. El Año Santo es una invitación a contemplarlo y escucharlo para alcanzar lo que nos pide san Pablo: “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp. 2, 5).
En las Sagradas Escrituras la misericordia: “es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros” (MV. 9). Esto lleva al Santo Padre a decirnos con la exigencia de una verdad de nuestra fe: “La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia” (MV. 10). La misericordia es un amor paciente que espera el momento del encuentro, no se detiene ni determina ante una respuesta negativa. Así nos ama Dios, incluso en nuestra lejanía. La parábola del hijo pródigo en el cap. 15 de san Lucas, nos puede ayudar a comprender con sus ricas imágenes el alcance del amor misericordioso de Dios. Lo importante es no quedarnos como espectadores de algo admirable pero inalcanzable, sino descubrirnos como destinatarios de una palabra que busca mi corazón para transformarlo. El evangelio no es una utopia, es en la persona de un Jesucristo vivo en nosotros, una realidad que el mundo espera y necesita.
En este Año Jubilar, junto a las Indulgencias que la Iglesia nos otorga en la visita a los lugares establecidos, el Papa nos manifiesta: “Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales” (MV. 15). Es un llamado a vivir el don de la fe en el marco de la caridad. ¡Qué triste la imagen de una fe que no se la puede ver en el testimonio de la caridad! El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2447) al hablar del “Amor a los Pobres”, nos dice que: “Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en su necesidades corporales y espirituales (cfr. Is. 58, 6-7; Heb. 13, 3). Instruir, aconsejar, consolar confortar, son obras espirituales de misericordia. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cfr. Mt. 25, 31-46). Les recomiendo acercarse a sus iglesias y capillas para interiorizarse y vivir este Año de gracia del Jubileo de la Misericordia.
Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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