domingo, 29 de noviembre de 2015

Tiempo de Adviento.

Mons. José M. Arancedo. 
  Iniciamos el tiempo de Adviento. Como todo tiempo litúrgico es una invitación a celebrar el misterio de nuestra fe, Jesucristo.
En la celebración litúrgica no lo recordamos como un hecho del pasado, sino que actualizamos su presencia que da sentido pleno a nuestras vidas. No es posible comprender y vivir la liturgia sin partir de la vida y la palabra de Jesucristo. Él es el centro y su fuente. Adviento es un tiempo de preparación para disponernos a celebrar su nacimiento en la historia, en Belén. La liturgia nos va a ir introduciendo en este camino que Dios hizo en la historia, y que tuvo por finalidad enviarnos a su Hijo para hacernos partícipes de su misma vida.
Prepararnos es algo necesario a nuestra condición humana. Sin preparación nunca llegamos a una vivencia profunda en celebración de los misterios de la vida de Cristo. No somos espectadores, sino destinatarios y partícipes personales de su vida. En Adviento la Iglesia quiere ayudarnos a disponer nuestra inteligencia y nuestro corazón, porque no se puede amar y vivir lo que no se conoce. Es importante, en este sentido, conocer esa historia del amor de Dios que ha venido hacia nosotros y llegó a su plenitud en Jesucristo. Ello nos permite descubrirnos en este camino de Dios. Si creemos que Dios nos habla, lo primero es escucharlo en una lectura confiada y discipular de su Palabra. Así, la Iglesia, nos va ir presentado este camino en la liturgia de Adviento.
El evangelio que proclamamos en este primer domingo nos habla de la necesidad de estar preparados y orar incesantemente. Adviento es tiempo de examinar nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios y de recrear un clima de oración. Jesucristo viene para encontrarse con un hombre, una mujer, un joven que tienen una inteligencia que busca la verdad, y una libertad con la que define su vida. No somos robots. El Señor nos dice: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap. 3, 20). Adviento es tiempo de prepararnos a escuchar su voz, meditarla y dar una respuesta que oriente nuestra vida. El Señor no obliga, está a la puerta y llama, está en nosotros abrirla para que él entre. Cuando esto sucede todo cambia, comenzamos a vivir nuestra vida con la luz de una presencia que da sentido a todo lo que hacemos. El signo de su presencia es la alegría y la paz.


Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.



Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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