jueves, 12 de noviembre de 2015

Sínodo de la Familia.

Mons. José María Arancedo
Tuve la gracia de participar en el XIV Sínodo Ordinario sobre la Familia.
La primera reflexión que me surge de este encuentro es que la Iglesia, en un momento de tantas dificultades que se plantean en el mundo de hoy, haya querido poner su mirada en la Familia como tema prioritario en la gestación de un mundo nuevo. Parecería que de un modo profético y profundo, ha querido ver las causas a las que hay que atender para iluminar y orientar la vida del hombre y la sociedad. Diría que no ha querido quedarse lamentando los males que se perciben. Considera que el debilitamiento de la familia ha creado una orfandad cultural que empobrece al hombre y a la sociedad. Esta ausencia de valores no la cubren ni los estados ni las ideologías. La familia a lo largo del Sínodo aparece como una buena noticia, como algo que pertenece a lo más propio e íntimo de la condición humana y es, por lo mismo, fuente trasmisora de vida y de amor que debe ser valorada y acompañada.
El Sínodo no tenía por finalidad hacer un documento, sino presentar al Papa solo “propuestas” para que él las analizara, y si lo creía conveniente publicar lo que se llama una “Exhortación Apostólica”. Esto pienso que lo va a hacer. Como en todo encuentro universal se notaba en los Padres Sinodales, junto a una fuente común que es el Evangelio, características y costumbres propias de cada región. La unidad no es uniformidad. Esto se percibía al momento de elaborar una propuesta que presentaba sus matices y momentos culturales diversos, en ello se mostraba una diversidad de acentos en el marco de una rica comunión. Con mucho acierto se retomó la definición de matrimonio y familia del Concilio Vaticano II, cuando dice que es: “la íntima comunidad de vida y amor establecida sobre la alianza de los cónyuges” (G.S. 48). Es esta comunión de vida y amor la que está abierta a la fecundidad y responsabilidad de los esposos en la educación de sus hijos. Esto pertenece al designio creador de Dios que hizo al hombre, varón y mujer.
Lo que se marcó con mucha insistencia es la necesidad de preparación y formación en este camino al matrimonio, para que se descubra junto al valor del amor y la libertad de los novios, el significado de una vida nueva que los enriquece y compromete. El matrimonio es don y tarea. Nadie puede comprometerse para siempre a aquello que no conoce. ¡Cuántos matrimonios tal vez han sido nulos, y necesitan de una palabra y una acción hoy de la Iglesia! Esto la debe llevar a revisar su pastoral sacramental para que se llegue al matrimonio con la certeza de una opción libre y madura, como a valorar la necesidad de un acompañamiento con todos los medios de la gracia que el Señor ha dejado a los esposos. En este sentido la Iglesia quiere ayudar y disponer las medidas necesarias para responder a la realidad de muchos matrimonios que han fracasado, y que esperan una palabra que les permita reordenar su vida cristiana. La Iglesia siempre es madre y maestra, estas dos notas expresan tanto su acompañamiento como su responsabilidad formativa ante sus hijos.
Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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