jueves, 1 de octubre de 2015

Octubre: mes de la Familia.

En el mes de octubre celebramos el Mes de la Familia. Ella pertenece a esas realidades fundantes en la sociedad por ser el lugar de la vida y el amor, de las primeras relaciones y acompañamiento, y de esa certeza social que nos da identidad.
Podemos afirmar que es la primera transmisora de valores y de cultura, es más, diría la primera escuela de la dignidad humana y sus derechos. Por estar en el nivel de las cosas comunes que suponemos y hacen a nuestra vida, podemos perder de vista el sentido de su importancia y la exigencia del compromiso. Es conveniente, por ello, detenernos a considerar su realidad y vigencia, como a agradecer su presencia en nuestra vida y en la sociedad. La Familia participa de esa categoría fundacional que es el “don”, de lo que hemos recibido y nos antecede, pero que al mismo tiempo es una tarea siempre nueva que nos compromete. No debemos ser espectadores pasivos sino protagonistas de la Familia. ¡Qué triste es estar en ella y no sentirnos parte activa de su vida! La fragilidad de una sociedad está en ponderar su valor e importancia, pero no preguntarse lo que ella necesita y espera de cada uno de sus miembros y de la misma comunidad política. Cuando el don no se hace tarea se empobrece el presente y compromete el futuro.
Si definimos a la Familia como la primera célula de la sociedad y el lugar “donde se fragua el futuro de la humanidad”, como acostumbraba a llamarla san Juan Pablo II, debemos sacar la consecuencias que hacen a un sano y responsable ordenamiento social. No es la Familia la que deba acomodarse a los criterios impuestos por una sociedad que prioriza los aspectos productivos y comerciales, sino que es ella la que debe crear las condiciones que le permitan su desarrollo integral. Estamos hablando de una inversión que hace al bien común de la misma sociedad. Esto requiere una mirada antropológica y cultural que antecede y humaniza toda política económica. “El punto de partida para una relación correcta y constructiva entre la familia y la sociedad, nos dice el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, es el reconocimiento de la subjetividad y de la prioridad social de la familia” (CDSI, 252). Todo esto, concluye, requiere la realización de auténticas y eficaces políticas familiares. Sus necesidades debe tener el valor de un derecho, que se convierte para la sociedad en una obligación.
Son muchos los temas que hacen a las necesidades de la vida familiar y que una sociedad los debe tener en cuenta para favorecer su desarrollo y calidad de vida. En este sentido considero importante el significado del domingo no como un día más, sino como un día único y festivo. El sentido de la fiesta no es solo no trabajar sino festejar, y esto no es algo individual sino comunitario, sea a nivel religioso, de amigos como familiar. Es un tema que no puede quedar librado a las solas fuerzas de un mercado que termina marcando las necesidades y la agenda de la sociedad. Me parecen muy atinadas y sabias las palabras de la Doctrina Social de la Iglesia cuando advierten: “Las autoridades públicas tienen el deber de vigilar para que los ciudadanos no sean privados, por motivos de productividad económica, de un tiempo destinado al descanso, a la familia y al culto divino” (CDSI, 286). Es importante recuperar el sentido del Domingo.
Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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