El relato del ciego de Jericó que leemos este domingo nos habla de la importancia y el significado de la fe.
Sabemos que la fe no es un recetario de respuestas para cada problema o la búsqueda mágica de milagros, sino una actitud de confianza en Dios y de humildad.
La fe no reclama derechos, espera una gracia; no busca explicaciones, pide y necesita luz. Ella nos introduce en un modo de ver que da un sentido global a la existencia. A partir de ello la fe crea una actitud nueva que nos permite ver y asumir el camino de la vida con esperanza. Esto lo vemos en la petición que le hace el ciego de Jericó: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! Luego Jesús le pregunta: ¿Qué quieres que haga por ti? Él le respondió: Maestro, que yo pueda ver. Jesús le responde: Vete, tu fe te ha salvado. Enseguida comenzó a ver y lo siguió por el camino” (Mc. 10, 46-52). La fe no es un analgésico sino una gracia, una luz que nos acompaña y orienta en esta vida. Pedir y cuidar la fe debe estar en el centro de nuestra oración.
La fe no reclama derechos, espera una gracia; no busca explicaciones, pide y necesita luz. Ella nos introduce en un modo de ver que da un sentido global a la existencia. A partir de ello la fe crea una actitud nueva que nos permite ver y asumir el camino de la vida con esperanza. Esto lo vemos en la petición que le hace el ciego de Jericó: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! Luego Jesús le pregunta: ¿Qué quieres que haga por ti? Él le respondió: Maestro, que yo pueda ver. Jesús le responde: Vete, tu fe te ha salvado. Enseguida comenzó a ver y lo siguió por el camino” (Mc. 10, 46-52). La fe no es un analgésico sino una gracia, una luz que nos acompaña y orienta en esta vida. Pedir y cuidar la fe debe estar en el centro de nuestra oración.
Esta actitud de humildad y de confianza la vemos en el ciego de Jericó: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!”, le dice. También vemos la escucha y la pregunta de Jesús: “¿Qué quieres que haga por ti? A partir de este diálogo se inicia el camino de la fe. Decíamos que la fe nos introduce en la verdad plena del hombre, ella nos habla de nuestra dignidad de hijos de Dios y, al mismo tiempo, la de ser peregrinos hacia una plenitud de vida que da sentido a nuestro caminar. Ella ilumina los momentos difíciles. No somos una casualidad sin horizonte, ni caminantes sin esperanza, somos una obra de Dios que camina hacia Dios. Esto lo conocemos por Jesucristo que ha venido a revelarnos el misterio de la vida del hombre, y a acompañarnos con su Palabra y su Presencia. Nos hace bien recordar las palabras del Concilio Vaticano, cuando nos dice: “El misterio del hombre se esclarece a la luz del misterio del Verbo Encarnado” (G. S. 22). Solo en Él se apoya nuestra fe, es por ello que nos dice la Carta a los Hebreos: “Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús” (Heb. 12, 2). Esta certeza estaba presente en el ciego de Jericó.
Cuando hablamos de la fe como un don que hemos recibido, no podemos dejar de hablar de la tarea que ello implica. En el proyecto de Dios no hay don sin tarea. Esto nos debe llevar a preguntarnos como vivimos nuestra fe en Dios, que es nuestra mayor riqueza y servicio a nuestros hermanos. Ellos necesitan encontrar a Jesucristo para ver. ¡Cuántas veces la fe se adormece, o incluso se pierde, cuando no la cuidamos y predicamos! Volvamos a fijar nuestra mirada en Jesucristo y a escuchar su voz, para mantener vivo en nosotros el don de la fe.
Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
Santa Fe, 25 de octubre de 2015

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