domingo, 30 de agosto de 2015

El Espíritu y la letra.

Una de las actitudes que más le duele a Jesús respecto al cumplimiento de la ley y de la vida religiosa, no es el desconocimiento que se tiene de la Palabra de Dios sino el no vivir según su Espíritu.
Esto sucede cuando se aferran a la letra y desconocen la verdadera voluntad de Dios que se expresa en la Ley. Confunden la Palabra de Dios con las tradiciones humanas, y hacen de ella una lectura fundamentalista que se acomoda a sus intereses. El fundamentalismo es una ideología que nos exime del amor. Dejamos de ser servidores de la Palabra de Dios para ser sus dueños. Es más importante la aparente adhesión a un precepto que su cumplimiento verdadero, que siempre tiene como término el amor a Dios y a los hermanos. Es bueno volver a lo simple de la enseñanza del Señor cuando le preguntan: “¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?, y él responde: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, responde. El segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 22, 36-40).
En el evangelio de este domingo escuchamos la respuesta de Jesús a quienes lo interpelan por la actitud de sus discípulos respecto a algunas prácticas exteriores: “Este pueblo me honra con los labios, dice, pero su corazón está lejos de mí. En vano me dan culto, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos” (Mc. 7, 6). Ellos se jactan de conocer la ley y de ser sus guardianes, pero esto los hace ciegos y les endurece sus corazones. Vivir de acuerdo al espíritu de la Ley es conocerla, pero sobre todo vivirla. La misma palabra del evangelio, nos dice Santo Tomás de Aquino, sin la vida y la fuerza del Espíritu es letra muerta. Esto nos habla de la necesidad de interiorizar las palabras del evangelio para que sean fuente de una vida nueva. Esta es la obra del Espíritu Santo, y de quién conocemos sus obras. Los frutos del Espíritu, nos dice san Pablo, son: “amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia” (Gal. 5, 22). Cuando vemos estas actitudes podemos hablar del evangelio hecho vida y de su testimonio.
La relación entre la palabra que decimos y el espíritu que nos mueve es signo de coherencia. La distancia entre la palabra y la vida es el comienzo de un camino de dualidad que nos empobrece moralmente y nos quita credibilidad social. Uno de los males de nuestra sociedad es la devaluación de la palabra, que nos impide crear lazos estables y generar confianza. Estamos hablando del flagelo de la mentira. ¡Qué triste cuando un chico crece en un hogar donde los padres mienten! Cuando los padres sólo piensan en las cosas exteriores y materiales, y no en los valores del espíritu, de la verdad, el bien y la solidaridad que son como el “humus” en el que crece una vida auténtica. Pienso que se busca el “éxito” inmediato en términos materiales, y no el desarrollo integral de una persona que está llamada a realizarse en el tiempo. No vivimos una cultura del tiempo que es necesaria para alcanzar un mundo de valores a los que hay que saber sembrar, cuidar y esperar. La urgencia posterga lo valioso.


Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.



Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


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