Mons.José M. Arancedo.
Este domingo leemos el evangelio de la multiplicación de los panes, signo de la eucaristía.
A este hecho lo debemos leer en el marco de la Alianza que Dios ha sellado con el hombre por medio de su Hijo, Jesucristo. Todo lo que realiza y nos dice Jesucristo tiene por finalidad este encuentro de Dios con el hombre y la transmisión de su vida: “para esto he venido al mundo” (Jn. 18, 27), nos dice. En este marco de Alianza, la eucaristía se nos presenta como el testamento mayor de su amor en el que expresa su voluntad de permanecer con nosotros como alimento: “tomen y coman esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes”. Así lo ha querido y así lo ha hecho. En la Santa Misa celebramos este acontecimiento, que no es el recuerdo de algo que fue sino la actualización sacramental de su presencia. Este es el Misterio de nuestra Fe.
La multiplicación de los panes forma parte del gran discurso de Jesús sobre el Pan de Vida, que solo se comprende en su referencia a la eucaristía. Hay un primer aspecto que nos muestra la cercanía y la humanidad del Señor con esas personas necesitadas del alimento material, su respuesta fue el milagro de la multiplicación de los panes y los peces (cfr. Jn. 6, 1-15). Esta es una enseñanza permanente que él nos deja, no podemos hacer del evangelio una lectura solo espiritual y desentendernos de las necesidades de nuestros hermanos. Pero sería ajeno al evangelio quedarnos en una lectura de asistencia social. El mismo Jesús percibió esta posible lectura, cuando: “sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, nos dice el evangelio, se retiró otra vez solo a la montaña” (Jn. 6, 15). No podemos comprender plenamente este texto, les decía, si no lo referimos a la eucaristía, que es la: “fuente y culmen de la vida cristiana” (LG 11), porque en ella vivimos ese encuentro vivo con Jesucristo.
La Eucaristía es signo del amor de Dios que se hizo camino, verdad y vida en Jesucristo: “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único” (Jn. 3, 16). Este don que es fuente de vida, debe ser también comienzo de un camino nuevo. No podemos, además, celebrar la presencia del amor de Dios como algo solo para mí. La Eucaristía nos introduce en ese dinamismo del amor de Dios que quiere, a través de su Hijo y de quienes lo han recibido, llegar a todos. San Pablo les recuerda a los colosenses que el misterio de Dios: “A ellos les ha revelado cuánta riqueza y gloria contiene para los paganos este misterio, que es Cristo entre ustedes, la esperanza de la gloria” (Col. 1, 27). El pan de la Eucaristía nos introduce, en lo cotidiano de este mundo, en ese camino hacia la plenitud de la vida; es pan del peregrino, es esperanza de la gloria.
Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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