por Mons. José M. Arancedo
El centro de la Iglesia es Jesucristo. Ella conserva con fe y amor todo lo que Jesús dijo y le dejó como lugar de su presencia. Junto a su Palabra, que es el primer ámbito de encuentro con él, nos dejó en el sacramento de la Eucaristía su presencia viva.
Palabra y Eucaristía son la fuente de nuestro encuentro con él.En la celebración de la Santa Misa vivimos de un modo único este quedarse de Cristo con nosotros. A esta presencia del Señor en la Misa el Concilio Vaticano II la llama: “fuente y culmen de toda la vida cristiana” (L. G. 11). Hoy, en la Fiesta del Corpus Christi, queremos detener nuestra mirada agradecida en la Eucaristía. Ella es “el misterio de nuestra fe”, y un signo que expresa la identidad de la Iglesia Católica. El silencio de la adoración se hace hoy testimonio público de fe en la celebración del Corpus Christi.
Este año lo celebramos bajo el lema de: Eucaristía, fuente de la Misión y de la alegría.
Al acercarnos a ella descubrimos el sentido de la Misión y la fuente de la verdadera alegría. La Misión no es proselitismo, es dar testimonio de la presencia de Dios que nos ha enviado a su Hijo, para acompañarnos y comunicarnos su Vida. Ella es el acto mayor de amor a nuestros hermanos. No es posible mantener el entusiasmo misionero, si no partimos de un encuentro vivo con Jesucristo. La Misión tiene su fuente en la experiencia de ese encuentro con su Vida, que la recibimos y estamos llamados a comunicarla. Si no partimos del encuentro con Jesucristo, no vamos a sentir el compromiso misionero. Siempre es bueno volver a leer a san Pablo cuando nos dice: “Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! (1 Cor. 9, 16). Aquí adquiere toda su fuerza la Eucaristía como presencia viva de Jesucristo y fuente de la Misión.
Sabemos que la alegría no se confunde con un estado anímico o lo pasajero de un momento, sino que necesita raíces más profundas. Necesita de la verdad, el amor y el bien, que van generando un estado espiritual de paz que no se puede comprar. La alegría es signo de la presencia Dios. Esta fue la experiencia de los primeros discípulos al encontrar al Señor Resucitado. El evangelista san Juan lo destaca al decir que: “los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor (Jn. 20, 20), y san Lucas lo dice del encuentro de Emaús: ¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? (Lc. 24, 32). Es una constante: “La alegría pascual del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Con Él siempre nace y renace la alegría” (Orientaciones de la Conferencia Episcopal 2015-2017, n° 26). Esta experiencia de la alegría de los discípulos con Jesús tiene su fuente en la Eucaristía: “también hoy es necesario redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de de comunicar la fe” (PF. 7).
Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

No hay comentarios:
Publicar un comentario