Mons. José María Arancedo *
Uno de los temas que más ha preocupado y preocupa al hombre es la muerte. Qué sentido tiene la vida si su término es la muerte, es la pregunta que muchos se hacen.
Para el hombre, en cuanto ser espiritual abierto a la trascendencia, la muerte aparece como un límite no explicable, llegan incluso a definir al hombre como un ser absurdo. Las lecturas de este domingo nos hablan de esta realidad. De un modo claro nos dice el libro de la Sabiduría que el hombre no ha sido creado para la muerte sino para la vida: “Dios creó al hombre para que fuera incorruptible y lo hizo a imagen de su propia naturaleza” (Sab. 2, 23). Esta es, podemos decir, la primera certeza de la fe en un Dios que ha creado al hombre a “su imagen y semejanza”. No somos una casualidad, ni fruto de una naturaleza ciega, somos seres creados para la vida con un sentido personal.
El tomar conciencia de que nuestra vida tiene su fuente en un acto creador de Dios, da sentido a nuestra condición humana e ilumina nuestra vida. No somos dioses, pero tampoco algo más de la naturaleza, somos el testimonio vivo de un acto creador de Dios. Este acto creador no se explica plenamente si la vida tiene un término en los límites de este mundo. La dimensión trascendente del hombre reclama un horizonte que no conozca el límite restrictivo de lo humano, de lo que termina en la fragilidad de nuestra condición terrena. Su condición espiritual hace del hombre un peregrino, que en su frágil caminar a la espera de una meta tiene su riqueza y encuentra su pleno sentido. No camina hacia el ocaso de una muerte sin mañana, sino con la esperanza viva en una vida que corresponde a la verdad de su condición de haber sido creado por Dios a “su imagen y semejanza”. Esto nos introduce en el plano de la fe.
La fe es, por ello, fuente de sabiduría para el hombre. Ella le abre la inteligencia a un conocimiento superior. La fe necesita de la inteligencia, pero la eleva a la posibilidad de un conocimiento superior que responde a la condición del hombre como criatura de Dios. La fe tiene que ver con la verdad plena del hombre, su objeto primero no es un conocimiento filosófico y científico propio de su inteligencia, sino que es Dios mismo y su proyecto. Una persona con fe puede ser, por lo mismo, más sabia que un intelectual sin fe. ¿Cuál es el camino para este encuentro con Dios, que nos permita conocerlo y conocernos? La respuesta es Dios mismo que se nos ha revelado en su Hijo. Esto puede chocar a una mente racionalista, sin embargo, me atrevería a decirles que no nieguen a priori la posibilidad de que Dios se pueda revelar. El tomar contacto sin prejuicios con su revelación es el comienzo de un camino que no niega el alcance de lo humano, pero que lo abre a una dimensión más plena de la misma realidad humana. Jesucristo es “el iniciador y consumador de nuestra fe” (Heb. 12, 2).
Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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