
Mons. José M. Arancedo.
El camino pascual de Jesucristo, su misión, concluye con el envío del Espíritu Santo. Pentecostés es la coronación de la Pascua.
El mismo Jesús le da toda su importancia a la obra del Espíritu, cuando nos dice: “les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Espíritu Santo no vendrá a ustedes, pero si me voy, se lo enviaré” (Jn. 16, 7). El Espíritu Santo no es un agregado a la obra de Jesucristo, es su misma obra que continúa actuando en nosotros: “el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi Nombre, nos dice Jesús, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho” (Jn. 14, 26). Podemos decir que Jesucristo ha realizado la obra objetiva de la redención con su palabra y en su vida, el Espíritu Santo es quién la confirma e interioriza en nosotros. El actuar del Espíritu es una gracia interior que mueve a nuestra libertad a abrirnos a la obra de Dios.
Jesucristo en su vida terrena ha instituido la Iglesia, pero es el Espíritu Santo quién la anima, Él es el alma de la Iglesia. Como vemos, tanto la vida cristiana como la Iglesia no son obra de una decisión o voluntarismo humano, sino fruto de la presencia del Espíritu quien las anima, renueva y confirma. Siempre que en la Iglesia iniciamos una tarea, sea una simple reunión o la realización de un Concilio, comenzamos pidiendo la asistencia del Espíritu Santo: “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”. No se trata de un agregado piadoso, sino de un acto de fe en la presencia y misión de una Persona Divina que Jesucristo nos ha revelado y enviado, para que cumpla una misión propia en nuestra historia.
Los cristianos tenemos en la Palabra del Señor y la vida sacramental de la Iglesia una certeza objetiva del actuar del Espíritu Santo, que nos permite alcanzar la gracia de “una vida nueva” (cfr. Rom. 6, 4). Su obrar, sin embargo, no vale solamente para los cristianos, nos dice el Concilio Vaticano II: “sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual” (G.S. 22). El obrar del Espíritu Santo no tiene límites, no lo podemos circunscribir a un ámbito que conocemos, sino que actúa libremente para despertar y orientar el camino de los hombres hacia el bien y la verdad. ¡Cuántas veces nos sorprende actuando desde afuera de la Iglesia! Por ello a él le rezamos, por ejemplo, para que vayamos logrando la unidad de los cristianos tal cual ha pedido Jesucristo: “Padre, que sean uno”. Debemos saber escucharlo y ser dóciles a sus mociones interiores. En esto nos muestran un testimonio ejemplar los santos que se han dejado guiar por el Espíritu de Dios.
Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
No hay comentarios:
Publicar un comentario