Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Platra en la misa de ordenación episcopal de monseñor Alberto Bochatey (Iglesia Catedral, 9 de marzo de 2013).
La celebración que hoy nos congrega, queridos hermanos, manifiesta de un modo profundo y elocuente el misterio de la Iglesia y el cuidado providencial que el Señor ejerce sobre ella a través de los tiempos. Ustedes serán testigos de la acción sacramental por la que se transmiten los poderes apostólicos para cumplir el servicio de apacentar y pastorear el rebaño de Cristo, es decir, para alimentarlo, guiarlo y protegerlo.En el momento culminante de ese rito, los obispos presentes pronunciaremos una epíclesis,una invocación dirigida a Dios Padre pidiéndole que infunda la fuerza que de él procede en el que ha sido elegido, el Espíritu que descendió y reposó sobre Jesús para el ejercicio de su misión mesiánica y que el mismo Jesús comunicó a los santos apóstoles. Por este gesto eficaz, nuestro hermano Alberto será integrado en la sucesión apostólica. El concilio Vaticano II resume la tradición eclesial cuando enseña que los Doce, instituidos por Jesús para implantar la Iglesia en todo el mundo, dejaron a modo de testamento a sus colaboradores inmediatos el encargo de acabar y consolidar la obra comenzada por ellos, es decir, se cuidaron de establecer sucesores (Lumen Gentium, 20). Si el retorno glorioso de Cristo se hubiera producido en vida de los apóstoles, no se hubiera planteado la necesidad de la sucesión; de hecho desde el siglo II los obispos, como cabezas visibles de una comunidad y presidiendo un colegio de presbíteros, son reconocidos como sucesores de los apóstoles. El episcopado de cada obispo es legítimo porque está en continuidad, a través de sus predecesores con el apostolado que puede llamarse tal en sentido estricto, el de los Doce apóstoles. Existe, pues, una cadena ininterrumpida de envíos y consagraciones que religa a los obispos de hoy con los apóstoles y a través de ellos con Jesús. Esta vinculación podríamos decir horizontal, histórica i, expresa en la continuidad del tiempo el hecho misterioso, pero real y actualísimo del gobierno invisible de Cristo sobre la Iglesia y de la misión celestial que los mismos apóstoles, los Doce, continúan ejerciendo por medio de los obispos; éstos tienen el encargo de cuidar la Iglesia, de conservarla tal como aquellos la establecieron y de extenderla y edificarla incesantemente sobre sus fundamentos.
El Vaticano II declaró que en la consagración episcopal se confiere la plenitud del sacramento del orden, llamada en la práctica litúrgica de la Iglesia y en la enseñanza de los Santos Padres sumo sacerdocio, cumbre del ministerio sagrado (Lumen Gentium, 21). Alberto recibirá ahora ese sello invisible, un enriquecimiento espiritual que será en él una realidad nueva que lo habilitará para hacer presentes las acciones mesiánicas de Jesús -enseñar y santificar a los hombres, conducir pastoralmente a los fieles- una realidad que se verifica, por su incorporación al orden de los obispos, al cuerpo de sucesores de los apóstoles. Este ministerio apostólico se transmite por medio de un sacramento, es decir, a través de mediaciones sensibles, materiales, según la lógica de la encarnación. Es un sacramento en el sacramento de la Iglesia. Cristo, el Verbo encarnado, despliega su acción en la Iglesia; él y su Espíritu obran valiéndose de decisiones humanas y de disposiciones jurídicas, asumiendo las condiciones personales de los sujetos elegidos, contando incluso con sus limitaciones. Cristo, humillado y glorificado, ha decidido hacerse presente y operante por medio de nuestra pequeñez; esta disposición sapientísima y desconcertante sólo puede ser comprendida en la fe. Lo que vamos a realizar ahora, queridos hermanos, es un hecho de fe, un misterio de fe. Se pueden hacer muchas consideraciones sociológicas, culturales, de análisis político, sobre la Iglesia, su organización, sus estructuras institucionales y el personal eclesiástico -lo comprobamos abundantemente en estos días en que Roma es el centro de un extraordinario interés mundial- pero sin la iluminación de la fe no se percibirá lo esencial. La exigencia de una continua purificación y renovación de la Iglesia, de cada uno de sus miembros en ella, es una consecuencia de su sacramentalidad, para que la mayor transparencia de los elementos visibles permita una luminosa manifestación de lo invisible, por eso todos estamos llamados a la santidad.
Siguiendo con atención los gestos y palabras que componen el rito de la ordenación se pueden apreciar debidamente qué significa el ministerio episcopal y qué cargas conlleva; el interrogatorio al que se somete al elegido delante del pueblo, la plegaria de consagración, la unción con el crisma, la entrega del Evangelio y de las demás insignias lo expresan con elocuencia. ¿Qué es lo que fundamentalmente se le pide al obispo? Podemos verlo sintetizado en una frase que escuchamos en la primera lectura; es la exhortación que san Pablo como testamento suyo dirige a Timoteo; conserva lo que se te ha confiado (2 Tim. 1, 14). Más literalmente se puede traducir: conserva el precioso depósito. Esta palabra depósitoaparece varias veces en las Cartas pastorales y equivale al mandato del Señor, a la confesión de la fe de la cual fue modelo el mismo Jesús ante Pilatos, el misterio de la piedad, la enseñanza o doctrina, que –como se dice en esos textos- es bella, sana, conforme al verdadero culto de Dios. Todos estos términos designan el misterio cristiano, la verdad y la gracia del Evangelio fuente de libertad y liberación. Precisamente, al nuevo obispo se le entrega el Evangelio y el Evangelio antes lo ha cubierto, planeando sobre su cabeza, en el momento solemne en que se pronuncia la oración consecratoria. El bello, noble, precioso depósito es el tesoro de la fe cristiana, el conjunto de bienes que el depositario custodia y que no le pertenecen en propiedad; le son confiados y no puede disponer de ellos a su gusto; la justicia, el honor, la fidelidad le imponen el deber de conservarlos y transmitirlos cuidadosamente, como realidad sagrada y divina.
El mandato apostólico que se ha leído –el nombramiento de Mons. Bochatey firmado por Benedicto XVI el 4 de diciembre pasado- contiene hacia el final una breve cita de San Agustín, tomada de un sermón suyo que es un elogio de la caridad, a la que llama dulce y saludable vínculo de las almas, sin la cual el rico es pobre y con la cual el pobre es rico. En ese mismo texto agustiniano se dice que la caridad nos hace sufridos en las adversidades, moderados en las prosperidades, fuertes ante la violencia de las pasiones, gozosos en el ejercicio de las buenas obras, seguros, generosos, pacientes; quien tiene el corazón rebosante de amor a Dios y al prójimo comprende sin error la múltiple abundancia de las divinas Escrituras y su elocuente doctrina. Esto vale para la caridad de todo cristiano, pero singularmente para la caridad pastoral del obispo. Agustín, que es el gran “doctor de la caridad” predicó y escribió abundantemente sobre el tema y concibió su laborioso ministerio, en el que no faltaron luchas y azares, como un ejercicio propio de la caridad. En una de sus obras reconoce como una confesión personal que hace falta mucha caridad para sufrir las turbulentas angustias de los pleitos ajenos que él debía discernir y resolver, pero recuerda que es siervo de la Iglesia y siervo sobre todo de sus miembros más débiles, y concluye: con todo, yo acepto ese trabajo, y no sin el consuelo del Señor, por la esperanza de la vida eterna y para dar fruto con mi paciencia (De opere monachorum, 29, 37). Siervo de la Iglesia y especialmente de sus miembros más débiles; rasgo esencial, exquisito, de la espiritualidad episcopal.
El Evangelio que se ha proclamado hace unos minutos nos conmueve de un modo particular en estos días en que la cátedra de Pedro está vacante; nos sugiere también la adhesión de fe y un sentimiento de gratitud por lo que significa el ministerio petrino para la unidad y la identidad de la Iglesia. Pero conviene recordar al mismo tiempo que el de Pedro es fuente y paradigma de todo ministerio eclesial. Así parece haberlo entendido el obispo de Hipona en su comentario al cuarto Evangelio. En efecto en el penúltimo de sus In Ioannis Evangelium tractatus estampó esa frase tantas veces citada, que resume el sentido y la inspiración el ministerio: sea oficio de amor apacentar el rebaño del Señor; como él mismo explica, por el amor de obedecer, de ayudar y de agradar a Dios. Si la triple pregunta que Jesús dirigió a Pedro se nos dirige a nosotros responderemos con temor y temblor que lo amamos, pero entonces, si es así, escuchemos su voz tal como Agustín la interpreta: si me amas, no pienses en apacentarte a ti mismo, sino a mis ovejas: apaciéntalas como mías, no como si fueran tuyas; busca en ellas mi gloria, no la tuya; mi dominio, no el tuyo; mis intereses, no los tuyos. La fuerza del amor –continúa diciendo- supera toda molestia por grande que sea, por ejemplo, las que implica luchar por la verdad y contra el pecado; en aquel que apacienta las ovejas de Cristo debe crecer de tal modo el fervor espiritual hacia él, tanto que supere incluso el temor natural de la muerte.
Querido Alberto: por tu formación agustiniana habrás meditado estas cosas, quizá muchas veces; he querido recordártelas en este momento decisivo en que pueden adquirir para ti un significado nuevo y un carácter de interpelación y de íntima y dulce exigencia. Que ellas te sirvan de inspiración y de auspicio en tu ministerio episcopal. Bienvenido a esta Iglesia Platense, a la que deberás amar con intensa y efectiva caridad compartiendo mi carga pastoral. Tu nombre se suma al de una lista considerable de obispos auxiliares que trabajaron con desvelo en esta mies: entre ellos descuellan algunos nombres eximios, como los de los futuros cardenales Copello, Primatesta y Pironio. Te recibimos con alegría, seguros de que la arquidiócesis se verá enriquecida con tus dotes de inteligencia y de corazón. Te encomendamos a la protección maternal de la Inmaculada y a la intercesión de san Ponciano.
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
Fuente: AICA

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