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jueves, 28 de febrero de 2013

"La propia Iglesia tiene que anunciarse a sí misma el Evangelio" (II)



por José Manuel Vidal. 
En tu libro dices también que necesitamos conversión. ¿Qué necesitamos convertir: estructuras, personas, todo?
Todo. Yo tengo un compañero sociólogo que siempre me dice que soy demasiado espiritual y que no acabo de leer sociológicamente los problemas. Por ejemplo, cuando yo hablo del individualismo en la vida religiosa, no es que hable de pecado, pero siempre lo atribuyo un poco a la falta de dimensión teologal.
En cambio, él dice que es un rasgo cultural. En ese sentido, puede ser que yo exagere algo, pero me parece que el problema de fondo de la Iglesia de hoy, sigue siendo un problema teologal. El gran problema es la falta de experiencia directamente evangélica, de fe en hondura. Sin confundir la fe con la piedad ni con el sentimiento religioso. La fe como una lectura creyente del mundo, de la vida y de la historia. En este sentido, creo que el debilitamiento de la fe es el gran problema de la Iglesia. No de los ateos o de los agnósticos, sino de la propia Iglesia.
En este sentido, a mí me ha satisfecho una idea que apareció en el reciente Sínodo de los obispos, y que de alguna forma resaltaba esto: que la Nueva Evangelización tiene que estar dirigida, primero que todo y antes de nada, a la propia Iglesia. La propia Iglesia tiene que anunciarse a sí misma el Evangelio. Si no se enfrentan conversiones estructurales mayores, es porque faltan experiencias teologales mayores (a nivel personal y de vida religiosa).
¿Tienen miedo a que se hunda, y por eso se enrocan?
Sí. El Evangelio deja clarísima la coincidencia entre la falta de fe y el miedo. A mí me llama la atención que en el Evangelio, Jesús casi nunca reclama a los discípulos otra cosa que el "¿por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?". A mí me parece que eso es clave. Que es una lección de sabiduría humana y de antropología. Es más: creo que a veces la prepotencia y las actitudes dictatoriales son el disfraz que asume el miedo, que nunca se atreve a presentarse con pecho descubierto. Entonces, en la medida en que la Iglesia y todos los que la conformamos estuviéramos sustentados en una fe profunda, probablemente no tendríamos miedo a los cambios ni a romper tradiciones. Estoy convencido de ello.
El tercer paso que apuntas es la colaboración, como oferta de sentido y de comunidad.
Sí. Hay tres núcleos que cada vez me están resultando más urgentes, sobre el aporte que tiene en definitiva que hacer la Iglesia en el mundo actual, que ha crecido en democracia, en pensamiento crítico, en ilustración... Cada vez voy concentrando más mi atención en torno a estos tres núcleos, que se corresponden con las tres demandas fundamentales del mundo actual. Una es la demanda de sentido, en este mundo en el que, pese a la crisis económica, la mayoría de las personas tenemos las condiciones materiales suficientes para no lamentarnos ni quejarnos. Ciertamente yo me pregunto por qué tantas personas con las condiciones materiales propicias para ser felices no acabamos de serlo. ¿Qué pasa? ¿Por qué no crece la felicidad? El sentido de la satisfacción, en el sentido más sano de la palabra, tampoco crece. Yo defiendo que el problema del sentido es el problema central del ser humano, y a este respecto me parece que el Evangelio de Jesús es una oferta de sentido extraordinaria.
¿Y por qué en este momento tanta gente busca ese sentido vital en otras cosas? ¿Se busca espiritualidad, pero no religión?
Probablemente porque el Evangelio ha quedado atrapado por adherencias, escorias o cáscaras institucionales que no permiten ir hasta el fondo. Y puede ser también que haya cáscaras institucionales que dentro no tengan nada. Yo soy rural, y siempre utilizo imágenes muy rurales, y una nuez buena es igualita por fuera a una que no tiene nada dentro. Esto puede acontecer en determinados rituales o tradiciones religiosas: que no tengan dentro el Evangelio.
¿Por eso nuestros hijos buscan espiritualidad pero rechazan la Iglesia?
Sí. Sin embargo, cuando somos capaces de testimoniar el Evangelio en una conversación, en un diálogo tolerante, comprendiendo y sin censurar, acaban diciendo: ¡así sí, así da gusto! Cuando aparece el Evangelio, aunque sea poquito.
¿Y también ante el testimonio directo, por ejemplo, de la entrega de un misionero?
Sí. En este sentido, yo entiendo perfectamente que, hoy día, hay ofertas muchos más inmediatas y a veces mucho más vitales o existenciales, más próximas a la sensibilidad de la gente. Y entonces, quizá una celebración con cantos alegres es mejor que todos los domingos juntos como hermanos. Escuchar al mundo significa, precisamente, entender qué es lo que está pidiendo cuando pide sentido. El Evangelio es capaz de modificarnos todas nuestras preguntas, rectificarlas y ponerlas en el verdadero sentido. Yo tengo la impresión de que la soledad se está convirtiendo en una verdadera enfermedad social. Si te sientas junto a alguien en un parque y te atreves a saludar, puedes encontrarte con una persona que te esté hablando toda la mañana. Entonces, uno dice: "será que esta persona vive sola". Pero resulta que no, que esta persona tiene pareja formal, hijos, familia... y sin embargo, siente una soledad enorme. En ese sentido, me parece que faltan en la sociedad actual micro-ambientes o micro-climas comunitarios. Las instituciones se han fortalecido a nivel político, económico y bancario, tenemos todo reglamentado... Pero faltan comunidades cálidas (no en el sentido flojo, de sentirse muy a gusto, sino de saber con quién cuento y quién cuenta conmigo).
¿No implica eso una revolución en nuestras parroquias, que se han funcionarizado?
Totalmente. Esto supone afirmar que decir "comunidad parroquial" es frecuentemente un autoengaño, porque es un grupo, una institución, pero no una comunidad.
Si ya está hecho el diagnóstico, ¿por qué no hemos entrado a modificar esa dinámica?
En algunos ámbitos falta convicción, aceptación de que esto es verdad. La capacidad que tenemos los seres humanos de cegarnos es enorme. Por eso a mí me encantan los milagros de los ciegos en los Evangelios (no lo que tienen de espectacularidad, sino de meta mensaje: el abrir los ojos como tema fundamental). Entonces, hay muchas personas convencidas de que la parroquia es una comunidad, y de que somos todos hermanos y hermanas (sin sabernos los nombres, sin conocernos, y dándonos la paz sin mirarnos a la cara). Puede ser que no lleguemos a crear estos ámbitos comunitarios porque no estamos convencidos. Y hay otras personas que igual estamos convencidas, pero que no tenemos la capacidad, o tenemos miedo. Es mucho más fácil funcionar con la rutina que con la creatividad. De hecho, todo agente pastoral comienza con ilusión, con fervor, con trabajo, creando grupos... hasta que llega el momento de cansancio, también espiritual, como decíamos antes.
Y luego, a mí me parece que la Iglesia tiene una hipoteca grande sobre sus espaldas, en el sentido de que laicos y mujeres especialmente han sido por mucho tiempo un elemento pasivo. Y el elemento pasivo normalmente no es considerado como sujeto comunitario, sino como sujeto paciente. Entonces, esto requeriría, en la Iglesia y en el trabajo pastoral, una recomposición completa de lo que es la comunidad cristiana: todos iguales, horizontalmente, y cada uno con su ministerio. Porque nadie es más que nadie.
¿No va la dinámica de los curas jóvenes precisamente en la dirección contraria?
Eso dicen algunos miembros de algunas parroquias, y a mí claro que me gustaría que fueran en otra dirección, en la del Espíritu del Concilio. Porque creo que uno de los ministerios que tiene la Iglesia que ofrecer a las personas y al mundo actual serían precisamente ámbitos de comunidad, donde la gente pudiera sentirse como en casa (en todo el Nuevo Testamento la palabra casa es fundamental) y sentirse a gusto. Esa sería una oferta extraordinaria. Un gran testimonio, no de perfección moral, sino de calidad solidaria.
¿Y la oferta de justicia y compasión con las víctimas?
Pablo VI dijo en la ONU que la Iglesia debería ser experta en humanidad. Y la experiencia de la humanidad solamente la aprendemos desde el sufrimiento. A mí me entusiasma mucho que una parábola tan evangélica como la del samaritano se esté convirtiendo en una especie de lema aconfesional. Porque esta parábola aparece en debates actuales entre personas no creyentes, que piensan que simboliza la clave de lo que significa crecer en humanidad. Y que fuera del sufrimiento no hay posibilidad de humanización. Cuando se excluye el sufrimiento, se excluye a los pobres y a la injusticia. Ya en sus cartas a los gálatas, San Pablo contaba que él, por haber sido perseguidor de la Iglesia, algunos dudaban de él como testigo de Jesús, y hasta él mismo comenzaba a dudar de si estaría predicando el Evangelio de verdad. Al parecer fue a chequearse con Pedro a Jerusalén, que le dijo que sí, que él predicaba el Evangelio, pero añadió un detalle impresionante: que no se olvidara de los pobres. Dando a entender que, en definitiva, éste es el criterio para verificar la autenticidad del Evangelio. Si nos olvidamos de los pobres, en la Iglesia no hay Evangelio. Hoy en día, entre tantos descréditos que padece la Iglesia, lo que la acredita siempre son aquellos ámbitos en los que los pobres no son olvidados. Cáritas y el trabajo que está haciendo en estos tiempos de crisis y paro, los misioneros que se quedan hasta cuando todos se van... O simplemente la cantidad de voluntarios, laicos y laicas, religiosos y religiosas, que están atendiendo a quienes lo necesitan.
¿Y por qué este discurso se ve dentro de la Iglesia como algo "progre" que ronda el marxismo, que olvida la verticalidad por la "demasiada" horizontalidad?
Creo que hay dos criterios para enjuiciar las cosas: uno el que es "franciscanamente evangélico", y otro, que está muy contaminado ideológicamente. Y el tema de los pobres, que es tan franciscanamente evangélico, es uno de esos temas que ha sido enormemente contaminado ideológicamente, no solamente por parte de quienes lo juzgan desde fuera, sino también a veces por parte de quienes enarbolan la imagen de los pobres. Porque no es lo mismo acercarse al pobre evangélicamente, que utilizarlo. Creo que esta contaminación ideológica es la que hace que se hayan creado tantas sospechas frente al tema de los pobres, lo cual es muy triste, porque si algo hay patente en el Evangelio, es que los pobres son los privilegiados, los primeros que tienen derecho a acceder al Evangelio y a beneficiarse de él. La contaminación ideológica ha llevado a armar toda una serie de argumentos ficticios, como que la opción por los pobres lleve a la exclusión de los ricos, como piensan las personas más tradicionales. Y los pobres son los preferidos, pero no los únicos. El Evangelio abarca a toda la humanidad. Pero, lo cierto es que, si te pones donde los pobres, puedes abarcar toda la humanidad; mientras que, si te pones arriba, sólo podrás abarcar la cúpula.
¿Esa contaminación ideológica ha afectado también a la imagen pública de la Iglesia?
Tristemente sí. El factor más visible siempre es el de la institución, el de las cúpulas. Y lo menos visible son las bases, los miles y miles de hermanos laicos, voluntarios, mujeres... que están extendidos por todo el mundo haciendo una obra eclesial extraordinaria a favor de la justicia. Esos nunca aparecen en la pantalla.
¿Pero eso no responsabiliza más a las cúpulas, que quizá no saben jugar con esa dinámica mediática ineludible, para que realmente transmita la imagen de toda la institución?
Sí, está claro que la responsabilidad no es sólo de los medios, sino también de quien se presenta a los medios y sabe lo que tiene que guardar y lo que tiene que enseñar. Y esto da una imagen deformada de la Iglesia, que es más evangélica de lo que a veces parece por la prensa.
En tu libro haces una alarma sobre el lenguaje y sobre las mujeres. ¿Sobre qué quieres alertar?
El lenguaje me parece fundamental porque soy dominico, y el nombre de nuestra orden es "orden de predicadores", así que estoy muy identificado con la causa y parte de mi tiempo lo dedico a eso. Yo, que me considero una persona de buena voluntad, siento los límites de mi propio lenguaje, y soy consciente también de que es una alarma para la Iglesia no tener un lenguaje para comunicarse. Porque si se bloquea la comunicación, se bloque la evangelización y la predicación.
¿Te refieres a la falta de lenguaje que conecte con la gente de hoy?
Sí, con la gente joven y no tan joven, con la gente ilustrada y crítica, con la gente moderna y postmoderna. Para que todos puedan saber lo que está diciendo. Uno de los problemas que uno advierte cuando se pone a predicar el Evangelio los domingos es que parece que tienes que salirte del vocabulario de la calle, de la acera, y entrar al de la Iglesia.
¿O sea que tendríamos que traducir términos como "sacramento", por ejemplo?
Claro. Ese término en la calle no existe. Cuando, después del Concilio, se puso tan de moda la vigilia pascual y la pascua como centro de la liturgia, hice la prueba a ver a qué le sonaba eso a la gente. Y la pascua aquí en España suena a hacer la pascua. Es decir, una expresión absolutamente trasmutada en su sentido. Y hay otras que no significan nada. Confieso que un ejercicio enorme que hago antes de la predicación es preparar las palabras, expresiones que no sean condicionales, que no se den ya por conocidas... Porque creo que tenemos un problema enorme de lenguaje.
Pero ese trabajo lo llevan haciendo los pastoralistas hace ya tiempo. ¿Por qué no ha cuajado?
Creo que no se ha conseguido del todo porque hay una cierta pereza en los evangelizadores. Predicar el Evangelio siempre de nuevo requiere un esfuerzo enorme, mientras que repetir la misma parábola todos los años no requiere ninguno. Entonces, aunque se hayan creado condiciones para un nuevo lenguaje (al menos a un 50%), lo que falta es que cada individuo haga un ejercicio práctico de superar convencionalismos, expresiones hechas, etc. Y luego, creo que el tema no es solamente con el lenguaje oral o escrito, sino también visual. Así como por ejemplo durante siglos las paredes de las iglesias fueron una catequesis extraordinaria, en este momento las paredes se nos han quedado desnudas. Ya solamente se alimenta el oído (mal, como acabamos de decir), y la vista queda huérfana. Y todo el cuerpo queda también un poco huérfano cuando no hay un ambiente celebrativo que complemente la liturgia. Creo que la liturgia también ha quedado un poco huérfana de significación.
¿No ha incidido mucho en eso Benedicto XVI, en dignificar el misterio, lo que significa el retablo...?
Sí, mucho. Y en recuperar un poco la dimensión estética como una parte de la experiencia religiosa.
¿No le duele reconocer estas cosas, verdad?
No, a mí no. Se puede estar en la Iglesia frente a los que no piensan como tú, y pensar que esa "otra línea" está equivocada, y que peor para ellos (y aunque el mundo entero se vaya por otro camino, "yo estoy en la verdad"). Pero otra forma de estar es la que piensa que, si todo el mundo cuestiona y pregunta algo, alguna duda tendremos que procesar. Me parece que las personas abiertas son las que siempre están dispuestas a repensar las cosas. Y así como, en un momento determinado, ese sector más abierto en la Iglesia eliminó santas y santos de los altares, ahora podemos pensar que igual no estábamos totalmente en lo cierto, porque la gente también se alimenta con la vista y con el tacto.
¿Le parece un pecado la situación de la mujer en la Iglesia?
Últimamente es que a la palabra pecado le tengo miedo, me suena fuerte, pero sí creo que es uno de los temas pendientes en la Iglesia, que resulta más escandaloso porque la sociedad civil lleva una velocidad muy superior en lo que es la reivindicación del estatuto igualitario de la mujer respecto al varón. Cuanto más nos adelantan por la derecha, más escandaloso resulta. Me parece que hay que ir deshaciendo ciertos argumentos a los que se les ha dado carácter dogmático, y que tienen un carácter meramente disciplinar. Igual que nos parecía que el Papa tenía que ser papa hasta la muerte por dogma, ahora sabemos que no es por dogma, sino por tradición o disciplina. Lo mismo sucede con que las mujeres no puedan acceder al ministerio presbiteral.
¿Ganará mucho la Iglesia en ese momento?
Mucho, sí. Lo estamos viendo ya en distintos ámbitos, por ejemplo, en el de la teología, donde ya ha comenzado la presencia de la mujer. Uno lee teología hecha por una mujer, y encuentra una riqueza diferente, no porque el varón fuera más inteligente o menos, simplemente porque ella es mujer y él es varón. También han empezado a hacerse presentes en el ámbito de la espiritualidad, y resulta que la espiritualidad cristiana crece y se enriquece; o en la evangelización directa, donde de pronto hay comunidades que dicen "¡qué bonito el sermón de la hermana!". Es muy interesante como se están empezando a eliminar prejuicios en los pequeños ámbitos, donde a la vez se está experimentando un enriquecimiento de la experiencia cristiana. El tema institucional es otro, el muro es más fuerte.
¿Hay esperanza para el hombre moderno en crisis?
A corto plazo, a mis sobrinos que están en el paro, yo no me atrevo a hablarles de esperanza alegremente, porque casi es un insulto cuando se ven atrapados y sin salida en esta crisis. Pero, después de todo, tienen una familia que les está cobijando, y eso es un mundo de sentido impresionante. Es decir, hay esperanza, a pesar de la crisis, cuando hay una concepción de la vida que va más allá del mercado, más allá de la economía o de las necesidades materiales. Esos ámbitos que pueden venir en tu ayuda incluso cuando esta problemática inmediata falla. Yo creo que el Evangelio apunta a que, en esas situaciones, aparezcan otras concepciones de la humanidad que hagan posible que incluso los problemas más inmediatos no sean tan absolutos.

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